Por: Leila Arbaje Lembert
Como educadora, considero que enseñar comienza por conocer y comprender a quien tenemos delante. Cuando hablamos con un niño o una niña, nuestras palabras llegan a alguien que tiene sus propias experiencias, emociones y conocimientos. Por eso, una misma explicación puede ser comprendida de manera diferente por cada estudiante.
La neuroeducación nos ayuda a entender cómo participa el cerebro en el aprendizaje y nos invita a mirar con mayor sensibilidad lo que ocurre en el aula. Aprender requiere atención, comprensión, práctica y oportunidades para relacionar lo nuevo con lo que ya conocemos.
Las emociones también forman parte de este proceso. La curiosidad, la alegría o la preocupación pueden despertar nuestro interés y hacer que una experiencia tenga importancia para nosotros. Pero sentir una emoción no significa, por sí solo, que hayamos comprendido. El aprendizaje se vuelve significativo cuando entendemos lo nuevo y lo conectamos con lo que ya sabemos y vivimos.
Pensemos en un estudiante que aprende sobre la contaminación. Si relaciona lo explicado en clase con la basura que observa en el río de su comunidad, el tema se acerca a su realidad. Puede sentir preocupación, hacer preguntas y comprender cómo esa situación afecta a las personas y al ambiente.
Esa conexión entre lo que estudia y lo que vive ayuda a darle sentido al aprendizaje.
En este proceso participa la plasticidad cerebral: la capacidad del cerebro para modificar sus conexiones a partir de las experiencias y el aprendizaje. Cuando practicamos y retomamos lo aprendido, podemos fortalecer conexiones que nos ayudan a desarrollar conocimientos y habilidades. Las emociones pueden favorecer la atención y la formación de recuerdos; también son importantes el descanso y las oportunidades para seguir aprendiendo.
Por eso, debemos prestar atención a cómo se sienten nuestros estudiantes.
La curiosidad y el entusiasmo pueden animarlos a participar, mientras que el miedo intenso o el estrés excesivo pueden dificultar su concentración y comprensión. Un ambiente donde puedan preguntar, equivocarse y volver a intentarlo les ofrece mejores oportunidades para aprender.
Aunque nuestros cerebros comparten características, cada niño tiene una historia y un proceso de desarrollo propios. Reconocer esas diferencias nos permite observar qué comprende, qué sabe y qué apoyo necesita, sin encasillarlo en una sola manera de aprender.
Antes de concluir que un niño no quiere escuchar o realizar una tarea, conviene detenernos y preguntarnos: ¿comprendió la instrucción?, ¿cómo se siente?, ¿necesita un ejemplo, más tiempo o una explicación diferente? Estas preguntas pueden ayudarnos a responder con paciencia y a orientar mejor nuestra enseñanza.
Para mí, enseñar también es escuchar y acompañar. Es buscar palabras claras, ofrecer ejemplos cercanos y reconocer los pequeños avances. Comprender cómo aprendemos cobra sentido cuando ese conocimiento se convierte en un trato más atento y humano hacia nuestros estudiantes.
La emoción puede abrir la puerta al aprendizaje. Nuestra labor es acompañar a cada niño para que pueda comprender, conectar lo aprendido con su vida y encontrar oportunidades para seguir creciendo.
Sobre la autora
Leila Alicia Arbaje Lembert, consagrada educadora dominicana interesada en la neuroeducación y en la comprensión de los procesos de aprendizaje desde una perspectiva humana e integral. Su mirada pedagógica destaca la importancia de las emociones, las experiencias previas y las necesidades individuales de cada estudiante, promoviendo una enseñanza basada en la empatía, la comprensión y el acompañamiento.


